marzo 24, 2014

Los aliens de la desolación

*La primer versión de este texto está publicada en la revista Guardaletras

Cuando David Jones editó su primer disco yo no había nacido. Eran finales de los 60 y mi madre tenía cinco años. Jones cambió su apellido a Bowie, sabía que necesitaba ser llamativo y diferente para sobresalir entre el final de The Beatles y el rock de los Rolling Stones. Un hombre de fina complexión que prefería cantar en solitario comenzaba a cambiar de tema en la música y a clavar sus ojos e ideas en un lugar donde la psicodelía solo había pasado de largo: el espacio.
       En 1969, el albúm Space Oddity anunciaba el inicio de una historia inolvidable de ciencia ficción. La canción homónina es el diálogo entre un astronauta y el control en la Tierra, quien da instrucciones precisas para sobrevivir; una guitarra acústica con un riff simple y melancólico basta para hacer sonar la soledad, unos sonidos de sintetizador dictan que el universo, vasto e infinito, es el pretexto para perder la comunicación con el planeta. Y yo no había nacido cuando muchos ya necesitaban huir de este mundo, contar otras historias; recuperar la mirada perdida entre guerras y dictaduras e injusticias; regresar al romanticismo que marcó Poe con sus cuentos, fijar la mirada en la naturaleza: escapar de la realidad.
       En 1972, la televisión londinense presenció el estallido de un nuevo personaje surgido de la cabeza de Bowie: Ziggy Stardust. La historia, contada a Burroughs un año después, es la siguiente –parafraseo--: Cinco años antes de que los recursos naturales se agoten, el fin de la Tierra es anunciado. Los adultos han perdido todo contacto con la realidad y los jóvenes destruyen, saquean, y creen tener todo lo que desean. Ziggy está en una banda de rock en una era donde ya no hay electricidad para tocarlo, y los jóvenes han perdido interés en ello. El consejero de Ziggy le pide que recolecte noticias y las cante, ya que han desaparecido los noticieros; él sólo encuentra malas nuevas (aquí hay que escuchar “All the young dudes”). Así, en un sueño, “los infinitos” –que son viajeros de hoyos negros–, le advierten la llegada de Starman, un increíble hombre de las estrellas que bajará a salvar la Tierra. Es cuando Ziggy comienza a creer en sí mismo y se piensa como un profeta de ese futuro salvador, se eleva a un grado espiritual alto y sus discípulos lo mantienen a salvo.
       Un rayo eléctrico divide su cara, cabello rojizo, ojos de pupilas anisocóricas, ropa de colores metálicos, un gran tercer ojo rompe su frente. Luce como un alien pero solo es su mensajero. Diez años antes de que yo naciera, Ziggy ya había encontrado su misión en el mundo junto a las arañas de marte, su banda de rock, que era cantar la llegada de ese salvador espacial para tener esperanza entre el mal tiempo. Las canciones del gran albúm que Bowie grabó a partir de este concepto: Ziggy Stardust and the spiders from Mars, relatan la desolación de un mundo sin esperanza, el desamor de una dama polvo de estrellas, la resistencia a las adversidades, la depresión ante lo que no es fácil como unos aliens que invaden de todas las maneras para destruirlo todo. Una epidemia de la que no se salva cuando los “infinitos” arriban a nuestro mundo y toman las partículas de su cuerpo para hacerse visibles y poder ocupar el espacio. Ziggy no resiste y muere en el escenario durante la canción “Rock n' roll suicide” un vals triste, el final del disco.
       Hace cuarenta años que se grabó en acetato esta historia que fue un devenir musical. Yo me atrevo a escribirla como si me la hubiera dictado un sueño. Sé que el mundo no tiene remedio, que las injusticias y la desesperación nos invaden cada día que despertamos como si fueran sentires de otro mundo al que no pertenecemos; aunque no puedo dejar de escuchar una voz interna que cree que algo o alguien vendrá a salvar el mundo. Al final, todos somos como Ziggy Stardust.

Rebozo pequeño


Una serpiente de manta
al rededor de los brazos

Un canasto que carga nochebuenas
y piedras que en mis ojos son jades
y obsidianas doradas

Se convierte en parasol
y paralluvia

Es mi payohtli:
el nido donde soñé peces de hilo.

Variación 7913 a un poema de E

Los cajones guardaban visiones
que no eran
hojas de papel en blanco
en el cielo
como aves
como jaurías de hienas que buscaban un horizonte
donde la nada fuera algo más que silencio

Notas musicales que eran laberintos
en un mar,
entonces nuestro propio Big Bang estremece el salón
y un niño
alucina besos en el infierno.

A veces, incluso,
miraba por la ventana,
soñaba con tropezar.
Hacía el amor sin saber.

septiembre 16, 2013

Para volar, las aves requieren de un esqueleto formado por huesos huecos y porosos, de plumas y de un corazón muy fuerte. Crean un sonido armónico en el aire, se deslizan. Observan todo lo que el cielo anuncia. Van, no como si huyeran, pasan de un sitio al otro. Dejan que la experiencia tenga su propio curso. Se detienen. Duran más que un silencio.

María Baranda, El vuelo y el pájaro